HOY 9 DE ABRIL, SE CUMPLEN 60 AÑOS DE LA MUERTE DEL “TRIBUNO DEL PUEBO” JORGE ELIÉCER GAITÁN

 

EL DÍA QUE MATARON A GAITÁN

POR: ENRIQUE SANTOS MOLANO

 

 

 1:05 p.m. del 9 de abril de 1948. Carrera séptima con calle 14. A los gritos de ¡mataron a Gaitán! las gentes corren hacia el sitio donde se encuentra caido en la acera el cuerpo del jefe del Liberalismo. Foto. Lunga – Luis Alberto Gaitán

 

 

Si la muerte de Jorge Eliécer Gaitán ha constituido hasta hoy un misterio en torno a los motivos y los autores, ello no puede explicarse sino por el hecho de que los implicados en el crimen se las arreglaron para embrollar el asunto desde el principio, enredar la investigación y desviar las pruebas hacia un autor solitario en lo intelectual y en lo material. Juan Roa Sierra.

ROA SIERRA?

Como lo expresa uno de los testigos del asesinato, Jorge Padilla, ni siquiera hay la certeza de que Juan Roa Sierra hubiese sido el autor de los disparos que acabaron con la vida de Jorge Eliécer Gaitán en el medio día del 9 de abril de 1948. Padilla, que se encontraba en el zaguan del edificio Agustín Nieto, observó a pocos metros de distancia, al asesino que disparaba desde el marco de la puerta de dicho edificio, que hacía menos de dos minutos acababa de abandonar Jorge Eliécer Gaitan en compañía de Plinio Mendoza Neira. Padilla asegura que el sujeto al que vio disparar no era el mismo Roa Sierra de las fotos que publicaron los periódicos. Gaitán y Mendoza salieron del Agustín Nieto y caminaron hacia el Norte con el propósito de cruzar la carrera séptima, y subir por la avenida Jimenez hasta el Hotel Continental donde pensaban almorzar junto con Jorge Padilla, Alejandro Vallejo y Pedro Eliseo Cruz, que apenas iban a dejar el edificio cuando se produjo el ataque contra Gaitán. Plinio Mendoza asegura que el agresor venía en dirección norte sur, es decir, de frente a Gaitán, quien alcanzó a percatarse de que el hombre le apuntaba con un revólver, y trató de apartarlo con las manos mientras volteaba la cabeza como para eludir los tiros, razón por la cual dos de ellos le impactaron en la nuca, como si le hubiesen disparado de atrás. Si Plinio Mendoza vio a un asesino que atacaba de frente a Gaitán, y Padilla a otro que le disparaba por la espalda (Gaitán recibión en efecto dos disparos en la columna aparte de los de la nuca), hubo, por lo menos dos atacantes, y no se ha podido comprobar que nunguno de ellos fuera Roa Sierra.

Desde el 10 de abril de 1948 hasta hoy se han elaborado innumerables teorias sobre el asesinato de Gaitán, comenzando por la oficial – en que nadie cree, ni los mismos que se la inventaron – que da como culpable exclusivo, cerebro y ejecutor, al volátil Juan Roa Sierra, y terminando en la que, a partir de la publicación del libro El Gobierno Invisible, sospecha que la CIA preparó y ejecutó el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en plena Conferencia Panamericana, calculado para precipitar, como precipitó el rompimiento de las naciones Latinoamericanas con la Unión Soviética al achacarse el magnicidio a una conspiración comunista. Lo cierto es que todos los documentos sobre el 9 de abril que cayeron en manos de la CIA se archivaron como clasificados, por esta agencia y por el FBI. Clasificados quiere decir inaccesible al público. Recientemente el investigador estadounidense Paul Wolfe ha solicitado la desclasificación de esos documentos sin éxito.

Wolfe cree que en efecto, la CIA tuvo una participación importante en los sucesos del 9 de Abril de 1948.

El expresidente Alberto Lleras había sido elegido primer Secretario General de la futura organización de Estados Americanos que debería emanar de la IX Conferencia Panamericana convocada en Bogotá para hacer sus reuniones a partir del 30 de marzo de 1948. Con un año de anterioridad el gobierno de Ospina Pérez empezó preparativos para adecuar la capital con miras al mago evento internacional.

Con todo “la concordia ciudadana” no se restablecía. Alcaldes, jefes de policía, funcionarios de pequeña escala amparaban todos los atropellos. La criminalidad política no se detenía en minucias. Mujeres y Niños, esposas o hijos de labriegos liberales eran asesinados y las fotografías de los cadáveres mutilados se publicaron en los diarios de Bogotá, dice el escritor Antonio José Osorio Lizarazo en su libro Gaitán, vida, muerte y permanente presencia. En julio de 1947 el jefe del liberalismo convocó a una marcha nocturna de antorchas para protestar contra la inercia presidencial frente a la violencia. Más de cien mil liberales iluminaron con sus teas la noche bogotana en la plaza de Bolívar y clamaron bajo los balcones cerrados del palacio de nariño por la paz de Colombia. “A finales de 1947 – continúa Osorio Lizarazo en el libro citado, Gaitán elevó al presidente un nuevo memorial de agravios, que fue contestado con argucias inverecundas y con órdenes secretas de continuar en el proceso de exterminio de las mayorias liberales, para forjar así una mayoría artificial de supervivientes conservadores. Entonces, frente a la impotencia en que se hallaban los ministros liberales, Gaitán les ordenó abandonar sus puestos y retirarse del gobierno, increpando al presidente su deslealtad y su prejurio y rompiendo así la farsa de la unión nacional. Y como sobre el territorio nacional habían centenares de hogares enlutados y el gobierno respondía con evasivas a las increpaciones para que fuera suspendida la avalancha del crimen, Gaitán invitó al pueblo a ostentar su duelo y su protesta, en la más imponente e impresionante manifestación que haya presenciado Bogotá”. La manifestación del Silencio tuvo lugar el 7 de febrero de 1948, día en que multitudes silenciosas – Sigue Osorio Lizarazo – en un orden perfecto, sin un grito, sin una exclamación, pasaron frente a la casa Presidencial, llevando en sus manos banderines negros. Era más formidable y terrible esa acusación muda que una turbulenta exigencia. Porque los muertos eran el pueblo y el pueblo tenía sobre su corazón el duelo y la angustia y los expresaba con un sedimiento de amenaza sombría”.

 

A la manifestación del silencio replicó Ospina nombrando Ministro de relaciones exteriores a Laureano Gómez, y de Gobierno a José Antonio Montalvo, quien anunció que el conservatismo obtendría la mayoría absoluta así fuera a sangre y fuego, sin que el presidente Ospina rechazara este “anuncio de nuevas calamidades y persecusiones para el pueblo liberal” ni destituyera fulminantemente al ministro ignívomo. Por su parte Laureano Gómez, como Ministros de Exteriores, conformó la delegación Colombiana a la conferencia Panaméricana, y excluyó de ella al jefe del partido Liberal. “La intensificación de la violencia conservadora, protegida y estimulada por los funcionarios, el aumento de los asesinatos de multitudes indefensas y la insólita exclusión del nombre de Gaitán, fueron circunstancias que acrecentaron la indignación colectiva”, agrega Osorio Lizarazo.

¿Cómo extrañarse entonces de que la aún más insólita exclusión del jefe del liberalismo, Jorge Eliécer Gaitán, no ya de la Conferencia, sino de la vida misma, ocho días después de comenzadas las sesiones de aquella, produjera el inmediato estallido de ira popular más terrible y devastadora de que se tenga noticia en la historia de nuestra América?.

BOGOTÁ EN LLAMAS

 

 

Jorge Eliécer Gaitán, cayó hacia la una y cinco de la tarde. Diez minutos después de haber sido herido, el jefe del Liberalismo fue transladado en un taxi a la clínica central donde, a las dos de la tarde, se comunicó al país su fallecimiento.

En los minutos siguientes  a los disparos alguien señaló a un individuo como autor del atentado y el señalado, que trató de correr hacia el palacio de san Francisco, fue estorbado por varios de los transeúntes que se acercaban al sitio donde yacía el cuerpo de Gaitán. El presunto agresor alcanzó a refugiarse en la Droguería Granada contigua al hotel del mismo nombre. Tan pronto como el táxi partió con el cuerpo del caudillo del Pueblo, las gentes comenzaron a gritar ¡mataron a Gaitán!. El señalado asesino continuaba al interior de la droguería, sitiado por una multitud creciente, que a los gritos de ¿mataron a Gaitán! se abalanzó contra las rejas, que los dependientes habían bajado por sugerencia de la policía, las hizo pedazos, arrebató de las manos de los policías al sindicado del crímen (que en el lapso en que permaneció en la droguería, se identificó como Juan Roa Sierra, negó que hubiese tenido participación en la muerte del doctor Gaitán y les dijo a los policias que alguien lo había señalado de repente y gritado ¡ése fue!, por lo que Roa se asustó y corrió), lo sacó de la droguería y en pocos minutos lo dejó hecho “un guiñapo sangrinolento”, enseguida arrastrado por la multitud vociferante que lo llevó por la carrera séptima hasta el palacio presidencial. 

A las cuatro de la tarde Bogotá, o lo que hoy se conoce como centro histórico, era un infierno. Los tranvías ardían en distintos puntos, numerosos edificios, la mayoría de ellos públicos – la Gobernación, el Palacio de Justicia – eran tomados por asalto e incendiados. se quemó el Hotel Regina, y la mayoría de edificaciones entre la calle 10 y la 17, quedaron en ruinas, se perdieron archívos históricos y jurídicos irreparables. El palacio Arzobispal, las instalaciones del diario el Siglo, las dependencias del instituto de la Salle, entre otros muchos edificios, fueron arrasados por la turba. Y de todas partes francotiradores disparaban sin discriminar y causaron tremenda mortandad. Se acusa a la radio de haber incitado a la revuelta, pero cuando las emisoras comenzaron a tronar contra el gobierno y a exigir el castigo inmediato e implacable de los responsables de la muerte de Gaitán, ya la revuelta iba bien avanzada.

No se sabe quien dio la orden de soltar los presos, ni quien mandó distribuir mares de licor entre los amotinados, ni donde salieron las armas de fuego que utilizaron los francotiradores. Parte de la policía se unió a los amotinados y sostuvo combates con el ejército calle por calle, hasta la madrugada del diez de abril en que, con las calles cubiertas de cadáveres, el gobierno controló la situación.

Los periódicos de Bogotá no pudieron circular ni el 9 ni el 10 de abril. Reaparecieron el 11. El tiempo dice en su titular de primera página a ocho columnas y 72 puntos “Bogotá está semidestruída”. Era una semi verdad. Bogotá estaba destruida, como lo estaba la vida democrática de Colombia. Las llamas del nueve de abril no sólo consumieron los tranvías y las joyas arquitectónicas de la ciudad, sino que se redujeron la escencia democrática del país a cenizas de violencia que se han esparcido por más de medio siglo, como lo había advertido el propio Gaitán al pronosticar, días antes de su muerte, que si era asesinado Colombia se ahogaría en torrentes de sangre por los próximos cincuenta años.

 

Fuente: Revista Credencial de Historia – Edición 195 – Marzo de 2006 

 

 

 

 

 

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